"Con qué fuerza viene el relato de Marcela Alluz a presentarse ante nuestros ojos, una suerte de milagrito carneado que revela flores entre la podredumbre y ahuyenta a los fantasmas del confort. La resurrección de lo miserable se hace estampita en esta ficción, la viste de invitación, de puerta de entrada a la verdad sucia que habita en cada paraje perdido. En el imaginario de febreros calientes y raptos de amor inesperado de la autora, lo doliente se enraíza, victorioso, en las profundidades más recónditas del tejido humano, en los ojos que leen y se inundan, en esos patios de carne que laten bajo la piel y en los ríos de sangre que nos atraviesan las geografías hipodérmicas. Existe en la miseria relatada una suerte de revelación de los hilos que cosen la individualidad mentirosa y enrostran lo gris, lo iluminan y lo esparcen como esparce el viento la ceniza, para que la memoria ya no se trate del relato del orden disfrazado de bondad".

Juan Solá, en el prólogo

Brasas, relatos de vidas desabrigadas - Marcela Alluz

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"Con qué fuerza viene el relato de Marcela Alluz a presentarse ante nuestros ojos, una suerte de milagrito carneado que revela flores entre la podredumbre y ahuyenta a los fantasmas del confort. La resurrección de lo miserable se hace estampita en esta ficción, la viste de invitación, de puerta de entrada a la verdad sucia que habita en cada paraje perdido. En el imaginario de febreros calientes y raptos de amor inesperado de la autora, lo doliente se enraíza, victorioso, en las profundidades más recónditas del tejido humano, en los ojos que leen y se inundan, en esos patios de carne que laten bajo la piel y en los ríos de sangre que nos atraviesan las geografías hipodérmicas. Existe en la miseria relatada una suerte de revelación de los hilos que cosen la individualidad mentirosa y enrostran lo gris, lo iluminan y lo esparcen como esparce el viento la ceniza, para que la memoria ya no se trate del relato del orden disfrazado de bondad".

Juan Solá, en el prólogo